viernes, 13 de enero de 2012

Primavera, la sagrada. Imágenes de paganos xalapeños*

¿Is a rial jistory de rito?
El Tícher
DE LOS CERROS ALTOS DE XALAPA, el Macuiltépec es el más alto y el más luminoso. Está plagado de esa energía volcánica con que se hacen los ritos, y en Xalapa se hacen muchos. Durante el equinoccio de primavera a todo el cerro se le saca provecho. Allí lo llaman “Parque Ecológico Macuiltepetl” y tiene distintos caminos hacia la cima. Hay una ruta vehicular, empedrada, que sirve de pista para corredores. Como la ruta, un sendero también sube en espiral, pero en sentido contrario. Es un camino de tierra y en uno de sus parajes un árbol −se dice− parte la realidad. Hay un atajo, “vía rápida” lo llaman, que sin rodearlo asciende a campo traviesa. Elegir uno de los tres accesos depende del objetivo. Quienes suben a trabajar con las fuerzas escogen la espiral de tierra. Cada pisada activa un estrecho vínculo entre el caminante y el cerro. Se piensa que recorrer la caracola es andar a través del tiempo.
En alguna ocasión, muy cerca del árbol que parte la realidad, me supe por un instante en un bosque celta: una sacerdotisa blanca en una danza hipnótica cuidaba de los robles más antiguos de Europa. Sólo la miré unos segundos. No podía, pero sobre todo, no debía ir más allá. En el Macuiltépec hay guardianes en cada entrada. No es tan sencillo ni mucho menos recomendable traspasar ciertos umbrales a la ligera. Esto lo sabe mejor el Hermeneuta, que por falta de precaución lesionó gravemente su cuerpo energético. Aunque ésa sea otra historia, se liga estrechamente con el rito de la primavera. Recuerdo todavía el equinoccio de 2010. La Gran Orden de la Barbomancia, luego de una meditación minuciosa, consideró preciso ir al Macuiltépec para observar los rituales de los grupos allí reunidos. Las instrucciones eran claras: ayuno necesario, trabajo impecable, atención fija y mucha voluntad de servicio. Sobre todo, no mover nada, cuidar que nadie alterara la estructura o hiciera modificaciones sospechosas. Nos dividimos en parejas. Yo trabajé muy cerca del cráter junto al Hermeneuta. Teníamos que esperar a que el lugar se nos presentara. Conforme avanzábamos, de la cima, a intervalos se escuchaban dos tambores y el llamado de un caracol. Entonces ubicamos, entre las raíces de un árbol, un nicho que nos pareció el lugar. Recuerdo que en aquella época comenzaba a trabajar con ramas y hojas, por lo que había llevado una ofrenda. De espaldas al árbol me sujeté a sus raíces. El Hermeneuta, frente a mí, cerró los ojos y marcó la respiración: la experiencia no se describe; se vive.
Supimos que debíamos volver. De nuevo escuchamos los dos tambores y el llamado del caracol. Era necesario subir. En la cima del “Parque Ecológico Macuiltepetl”, con forma piramidal, hay un mausoleo a los veracruzanos ilustres. Delante de él, un reloj solar. A un costado del reloj, un grupo de danzantes disponía una ceremonia prehispánica. En el suelo habían puesto frutos y semillas a manera de altar. Habían encendido copal y muchas flores adornaban su danza. Aún se preparaban. Una que otra familia paseaba con sus hijos como un domingo cualquiera. Poco a poco el resto de los barbomantes se congregó al pie de la pirámide. Entendimos la instrucción. Percibimos la energía nada amable del joven de sombrero negro. También notamos cómo se replegó cuando se supo observado. El Barbomago nos pidió cuidar la ceremonia de los danzantes. Desde diferentes puntos, cada uno de nosotros colocó una protección. Volvieron a sonar los tambores y el caracol. Uno a uno los danzantes ocuparon sus lugares. Entonces, un hombre de gran penacho tomó la palabra. Explicó al resto de la gente que en instantes comenzarían un ritual para celebrar la entrada de la primavera. Mencionó que era una fiesta y que todos estábamos invitados a participar. Dijo que primero consagraríamos los rumbos. Pidió que después de cada frase suya, repitiéramos: "¡Ometeotl!". La gente se acercó más y se distribuyó entre ellos. Nosotros no nos movimos de nuestro lugar. Yo sentía una atmósfera muy grata, aunque no dejó de parecerme curiosa la reacción de una danzante que pretendió amenazarnos por no querer "cooperar.” Con un gesto el Barbomago le dio a entender que estábamos “cooperando.” El hombre del gran penacho empezó su invocación. Una tras otra las sentencias fueron proferidas. A cada intervalo repetimos “¡Ometeotl!”. Luego, comenzó la danza. Era gracioso ver cómo el resto de la gente, al principio tímida o desconfiada, cedía ante el llamado del tambor. No los culpo, el ritmo era muy sugestivo. Debo reconocer que, sin ser mi predilección, yo también bailé hasta que me fue imposible seguir los pasos. No fueron más de veinte minutos, pero habíamos convocado mucha energía.
Pasado un momento, el del gran penacho dijo que era suficiente. Faltaba cerrar los rumbos y dar gracias por el nuevo sol. Después de consagrar nuevamente la ofrenda a Ometeotl, nos invitó a que probáramos las frutas y las semillas. Quizás fue el ayuno, pero la naranja que comí estaba deliciosa. Cuando levantaron el altar, de manera abrupta, la neblina consumió los tímidos rayos del sol. Una ligera llovizna comenzó a caer. Bajo la lluvia, un hombre del ayuntamiento habló de la importancia de las tradiciones ancestrales. Sin agregar nada interesante, terminó su discurso invitándonos a una charla en el museo del cerro acerca de “los 56 días que pasó Benito Juárez en Xalapa”. “Habrá café gratis”, remató. Pero ni siquiera tal promesa pudo retener a la gente que apresurada abandonaba el cerro ante las potentes manifestaciones de Tláloc. El arte del granicero se confundió con la del danzante.

Nuit étoilée*

¿Oyes clavar el ataúd del cielo?

Vicente Huidobro, Temblor de cielo


¿En qué momento nos gana la prisa? Sí, el buque tiene los días contados, ¿pero quién y a qué distancia anticipa el iceberg? Aquella fantasía de saber la fecha exacta de la muerte propia sólo altera la calma pero no activa el instinto de supervivencia. Pensar que en las horas finales habrá la claridad o el coraje para decir lo que no se ha dicho es, además de ingenuo, abuso de arrogancia. ¿Cómo pedirte, Isolda, que me mires si no me he puesto en la batalla?


Aquí estoy. Soy yo y ésta es mi voz. ¿La reconoces? Volvamos a esa Nuit étoilée de San Andrés Tuxtla y que las chicharras nos arrullen. Te lo diré entonces de nuevo: “me gustaría ser como los griegos.” Y el silencio ocupará nuestros labios. Los astros habrán enderezado el rumbo para que tú y yo, cumplido el fuego, consagremos nuestro aliento a los dioses.


Sí, regresará la energía eléctrica y con ella la ceguera de los hombres. Pero tú y yo habremos respirado en el misterio. No sientas, Isolda, que tus oídos te engañan si con nadie más puedes gozar los cantos de Alcíone. Somos torpes para hablar al ritmo del metro y el semáforo. Tampoco juzgues lo que no comprendas. No sabemos en qué momento ni por qué razón los abandonó el asombro.


Amanece, Isolda, y por fortuna estás conmigo y sonrío. Eso, aquí y doquiera que haya espacio, debo cantarlo. ¿Me oyes?


Sobre Paideia*

Habría un par de cosas que decir: que antes hubo un Periodiquito, que ese Periodiquito tenía un barco y que ese barco también era dirigido por Daniel Peralta. Pero igual se batalló primero con un Molino de cuento, círculo y revista literaria en línea, encabezado siempre por el buen Peralta. Y a cuento de qué vendrá todo esto, no faltará quien haga la pregunta. Pues bien, en este número once, de periodismo y literatura, me parece justo que Paideia no sólo sea la plataforma sino también el tema de estas palabras

En la Ciudad de México, de Coyoacán a la colonia Roma, abundan en los cafés o en las muchas librerías varias publicaciones de tiraje diverso cuyo interés principal es la difusión del arte creado por y para el público que ahí se reúne. Hay un mercado y una oferta que cubre en mayor o en menor grado las necesidades de sus consumidores. Hay exposiciones de obras plásticas, funciones de teatro, cine de autor, presentaciones de libros y muchos talleres literarios que encuentran en las publicaciones culturales un medio eficaz para entablar un diálogo con el público y en él persistir. Fuera de este espacio geográfico, salvo en las grandes capitales como Guadalajara o Monterrey, imagino que las condiciones del periodismo cultural no son tan prósperas. Sólo podría hablar de Xalapa, donde pasé siete años. Si bien cuenta con periódicos culturales como Performance, jamás podrá competir en número –no así en calidad– con las publicaciones de la Ciudad de México. ¿A dónde quiero llegar con el planteamiento de tan obvias circunstancias? Me interesa principalmente que el lector comprenda qué papel juega Paideia en el escenario nacional.

Quizás con la siguiente anécdota lo que digo cobre más sentido. Hubo un Periodiquito y ese Periodiquito tenía un barco. Cuando llegaba a los que sin saberlo serían sus números finales, Daniel Peralta me invitó a una Feria del libro en Villa Vicente Guerrero, municipio de Centla, en Tabasco. Le dije que hablaría de José Saramago. A partir de El cuento de la isla desconocida, intentaría ilustrar la importancia de la literatura oral, la finalidad comunicativa del lenguaje y las posibilidades de la imaginación para transformar la realidad. Desviaría el objetivo de este ejemplo si me detengo en los pormenores del viaje. Sólo diré que salimos por la noche de Xalapa. Llegamos a Villahermosa junto con el día y enseguida tomamos el camión que nos llevó a Villa Vicente Guerrero. Aquí comienza lo maravilloso que Paideia representa para mí. Soy de San Andrés Tuxtla, Veracruz. Tenemos un gran poeta que desafortunadamente como el profeta, tampoco lo es de su tierra. Tenemos pintores, jaraneros, decimeros y gente que ha escrito, cantado y bailado a lo bello de nuestro paisaje. Pero no tenemos ferias del libro ni mucho menos periódicos literarios. Hay una biblioteca, aunque entrar en ella exige sortear peligros como los de Escila y Caribdis. Es cierto que en la atmósfera que cubre al pueblo se respira poiesis. Falta que en los cafés, en las cantinas si se quiere, en las mesas familiares, en la biblioteca municipal o en las de las escuelas, haya algo similar a Paideia, que vaya ahí, donde el cepillo de dientes no llega. Falta ese medio que posibilite el diálogo, la comunicación cotidiana entre el arte y la sensibilidad que puede y quiere apreciarlo. Por eso, desde su trinchera en el Golfo de México, en la tierra de Gorostiza, Pellicer y Becerra, Paideia ha apostado por esa gente que no tiene las oportunidades de la gran urbe. Que haya habido ferias del libro como la de Villa Vicente Guerrero o que exista una publicación como Paideia me parece digno de reconocimiento. Pienso, en los versos de El guardador de rebaños de Alberto Caeiro: “El Tajo es más bello que el río que corre por mi aldea/ pero el Tajo no es más bello que el río que corre por mi aldea/ porque el Tajo no es el río que corre por mi aldea.” Hay cientos de publicaciones culturales a nivel nacional. Pocas libran batalles similares a las de Paideia.

En Villa Vicente Guerrero referí la historia del hombre que llamó a la puerta del rey y pidió un barco. Hubo un Periodiquito que también tenía uno y junto con el Molino de cuento son los antecedentes directos que identifico en el compromiso actual de Daniel Peralta. A él lo conozco, por eso lo menciono. Pero cuando hablo de Paideia pienso en todos los que lo hacen posible. Habrá que tener entonces  presentes las palabras de Werner Jaeger: “Con el cambio de las cosas cambian los individuos. El tipo permanece idéntico.” De esta nueva aventura van once números, ojalá que sean muchos más los que puedan mantener vivo el contacto con este otro público al que ahora me dirijo.
[*]Publicado inicialmente como "Paideia: origen y símbolo" en el número 11 del Periódico PAIDEIA http://www.periodicopaideia.blogspot.com/


martes, 29 de noviembre de 2011

La respiración lisboeta*

Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear.
Fernando Pessoa, "Navegar es preciso"


CUANDO VEO CIERTOS MAPAS de la Península Ibérica, Portugal se me figura un rostro apuntando como con saudade hacia el Atlántico. Me resulta difícil no asociar su "nariz" con la del retrato imaginario que tengo de Dante Alighieri. Las líneas punteadas de la división política fungen de laureles y hacen de España la cofia del florentino. Quizá por eso Portugal me es poético; quizá porque me lo parece, veo ahí al poeta. Me fascina que Lisboa se encuentre en las fosas nasales y que el Tajo sea el aire por donde la vida portuguesa fluye. El fado es la respiración lisboeta. Sólo unos ojos habituados a contemplar los confines del horizonte podrían entonarlo. Sólo las manos que acariciaron la viola y manejaron el astrolabio pudieron trazar los planos de la ciudad a orillas del Tajo. Tal vez haya en Lisboa un finis rationis como otrora en Galicia se situó un finis terræ. Fue natural que mis primeros recorridos lisboetas hayan sido respirando fado. De aquella embriagante expedición melódica esbocé un mapa de los caminos que ahí puede recorrer el ensueño.

    Quien siga la música como una ruta propia, de la Rua da Regueira al corazón de Alfama, escuchará el lamento de la mujer que todavía aguarda el regreso del marino distante; quien se adentre un poco más, oirá el murmullo de la gente que juzga de locura tal espera frente al horizonte y que opta por mirar hacia la pared. Si se toma un descanso junto a alguna fuente del Barrio de Alfama, cualquiera de ellas, y éste se prolonga más de lo debido, se corre el riesgo de encontrar a la gitana que lee la fortuna en la saliva. Para ello hay que concentrarse todo uno en un escupitajo y esperar. Cuando la suerte es dicha y la gitana se va, los caminos cambian de lugar y se puede llegar a cualquier parte, que es otra manera de estar perdido. En vano se ha de buscar la Rosa de los Vientos que de gran ayuda fue a los Lusíadas y aguarda el reclamo del navío al norte del Monumento a los Descubrimientos si lo que se quiere es volver, pues bien se sabe que la Rosa es siempre útil en la partida, nunca para la vuelta. ¿Hacia dónde apuntar? No habiendo nada por solucionar de ese modo, lo más conveniente es disfrutar del paisaje. Camino adentro, con fortuna se ve al hombre fumando desde la ventana en la Rua dos Douradores, leyendo versos de Cesário Verde y siguiendo las bocanadas de humo como destino concedido. Es un excelente espectáculo siempre que sus ojos no se encuentren con aquellos que lo miran, pues su vista cambia de lugar y quien entonces lo podía ver, no sólo lo pierde sino que también se siente perdido. No hay que asustarse, es normal, en Lisboa uno siempre se está encontrando. Incluso cuando se busca a alguien más, a quien se encuentra es a uno mismo.

    En el arte se recrean varias muestras de este "encontrarse" en Lisboa. Un joven periodista, indagando sobre la cabeza perdida de un tal Damasceno Monteiro, tiene que ir hasta Porto. Sin éxito, vuelve a Lisboa con la sensación de que al no hallar la cabeza ajena, al menos en parte, recuperó la propia. Lo curioso de esta historia, que muy seguramente Antonio Tabucchi escribió siguiendo el modo lusitano de volver a casa, es que el joven periodista, antes de salir de la ciudad, transita no muy lejos de la Rua Damasceno Monteiro, por la Rua Alexandre Herculano y la Avenida da Liberdade. Es cierto que la Avenida da Liberdade por sí sola no lleva a la Rua Damasceno Monteiro, pero las vías coexisten simultáneamente, se superponen, y en algún momento, de manera oblicua, se encuentran. Para no hablar de Requiem ni centrarnos sólo en Tabucchi, la película Lisbon Story de Wim Wenders es otro camino del ensueño: búsqueda, encuentro, son las arterias principales de este mapa de Lisboa. Sus trazos están cargados de perspectivas e intentos de lograr la imagen "pura". También hay colores y sonidos: fado, mucho fado, el de Madredeus y Teresa Salgueiro, por cuyas notas transita el que busca y finalmente entiende que, no siendo lo mismo, lo necesario es encontrar.

    En Lisboa los mapas son íntimos. Las calles, emulando al océano, están trazadas para el extravío: sólo entonces el descubrimiento es posible.

Yo nunca estuve en Lisboa.

*Publicado originalmente en AdLibitum, primera serie 2010-2011

“Noche de pájaros” de Alfredo Loera*

Yo no te conozco,
¿por qué habríamos de decirnos algo?

En 1939, mientras Europa era cubierta por los nubarrones de la guerra, Silvestre Revueltas, a un año de su muerte, ponía las notas finales a la Noche de los mayas. Cuatro y seis años más tarde, su hermano José y Juan Rulfo, respectivamente, publicaban El luto humano y “Nos han dado la tierra”. El tiempo, esto es, la pura imaginación histórica, me permite ligar por mera afinidad estética la música de Silvestre y las narraciones de Juan y de José con el cuento que hoy Alfredo Loera nos presenta.

Devoto confeso del narrador bíblico que engendró a Faulkner, que engendró a Rulfo, que engendró a Pedro Páramo, desde Fuegos fatuos, su primer libro, el joven narrador da muestras de un lenguaje sin aspavientos ni pretensión mayor que la de ceder la voz a sus propios personajes. Con pasos de paloma, según el precepto nietzscheano, su narrativa hace andar al mundo. “Noche de pájaros” se nutre de ese lenguaje pero su apuesta quiere ir más lejos: como en ningún otro relato de Loera, la polifonía articula el tránsito de la historia. “Las mujeres caminan sobre el río, desde el amanecer lo hacen, los hombres del pueblo las han forzado. Andan sobre esa tierra que despacio resplandece con la luz del sol. El cielo aún es oscuro; el alba, un tibio balbuceo grisáceo en el horizonte.” Estas sentencias, graves, sólidas de tan pétreas que son, las aprende el lector desde el inicio por boca de Betty, una de las prostitutas que trabajan en el Garzita. Esas mismas palabras de la mujer, interiores, me remiten al comienzo del cuento de Rulfo: “Después de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros”. En ambos testimonios internos imagino la peregrinación y el éxodo: la marcha forzada de la mujer por el hombre, la del hombre por el hombre mismo o por el propio Dios, severos todos en su misericordia. Tales ecos, desde el Antiguo Testamento, resuenan en las primeras palabras de ambos personajes. Están ahí y así han de transitar el mundo.

Para estas mujeres, continúa la Betty, sólo está la otra orilla, con sus mezquites que se balancean en los últimos trazos de la noche. Ahí tendrán que esperar. Es lo convenido, una tradición de Paredones. Por su parte, el narrador de Rulfo, mientras avanza, ha creído a veces, en medio de aquel camino sin orillas, que nada habrá después; que no se podrá encontrar nada al otro lado, pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Todavía está bastante lejos y es el viento el que lo acerca. Pero allá está, junto con sus esperanzas puestas en la tierra que les han dado. En “Noche de pájaros” lo único dado a las mujeres del Garzita es la oportunidad de redención por el sacrificio. Son rameras que el pueblo ha escogido para que en un tiempo marcado, guiadas por el sacerdote en siniestra procesión, vayan desnudas sobre el cauce de un río seco. Y con el agua, desde su inicial ausencia, la historia de Loera crea un símbolo bastante cercano al de El luto humano. Otra vez, desde los relatos bíblicos, el agua otorga y arrebata la vida. Es el testigo perpetuo, el ojo providente en la tierra. Versículos del Génesis como “y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas” dan fe de su eterna presencia, pero también hablan de su ira descomunal: “Y hubo lluvia sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches”. El agua de El luto humano, como la de “Noche de pájaros” es más próxima al castigo que a la gracia divina. También es un océano y un horizonte: un umbral insondable, como tela de fondo para estas historias. Y que no se deje engañar el lector por estas palabras; decir tela de fondo no es querer nombrar un simple decorado o accesorio, sino reconocer en las aguas el lugar fundamental de la potencia creadora. Las gotas de lluvia, como también las distintas voces que narran la historia, golpean de manera rítmica la tierra donde caen. La horadan, trayendo muerte la purifican y después, como lo reclama el ciclo, la vuelven a abandonar. Ya en “Fuegos fatuos”, el cuento que da título al volumen, el elemento acuático, al principio discreto, termina por rebasar el continente de la escritura. Las palabras finales “Abrió la boca, se le llenó de agua hasta desbordarse, de metal, de oscuridad, de nada”, advierten el lugar preponderante que la narrativa de Loera otorga a los elementos primarios y a los símbolos que la maquinación humana hace de ellos.

Conforme avanza el relato, después de la Betty, se sucederán una tras otra las palabras de don Parménides, las de Sixto y Adelina, de Arqueles y el padre Galván, de nuevo las de Betty entre el murmullo de las demás prostitutas, las habladurías de las mujeres del pueblo, la euforia de los borrachos, las gotas de lluvia y, en conjunto, cual sinfonía siniestra, confundidas sonarán todas las voces con la música del río. Esta polifonía junto con el misterio que rodea al peregrinaje de las prostitutas, me hicieron sentir —sé que es un salto bastante arbitrario; sé que la intuición no obedece a la lógica— resonancias similares a las que percibo en ciertos momentos de Sensemayá o la Noche de los mayas de Silvestre Revueltas. No afirmo esto fundado en la razón. Es mera asociación sensible. Así, a cierta altura imaginé que las mujeres eran una gran serpiente, culpable de la desgracia original y, por cuanto hicieron, malditas fueron entre todas las bestias y animales del campo. De ahí que comieran el polvo que el padre Galván dejara a su paso. De ahí que hubiera enemistad entre ellas y las demás mujeres: éstas las hieren en la cabeza; aquéllas, en el calcañar. Pero encontré también para esta serpiente, en la cuarta de las noches de los mayas —la del encantamiento—, un aquelarre y una liberación. Ellas, las rameras, las mujeres de tres noches, las que espantan a los pájaros, las que dan sombra y echan raíces en el suelo estéril, despiertan con su trágica andanza al río de su pesadilla. Aquí, la voz de Betty, cíclica, sueña que caen enormes pájaros del cielo, como lluvia sobre el agua. No hay que olvidar que todo reptil es punto medio entre pez y ave. Lo terrestre que separa desde los inicios las aguas de los cielos es superado una vez más por el desequilibrio del río. El Dios comienza de nuevo su creación. Se desplaza una vez más, por el arte de Alfredo Loera, sobre la faz de las aguas. Pero como dije, todo esto no es racional.

Lo cierto es que, con “Noche de pájaros”, nuestro autor emprende una vez más la difícil tarea de dar voz a lo que, sin palabras, necesita expresarse y que halla en la ficción un cauce natural.


*Texto publicado originalmente en la revista Este País, número 244, agosto de 2011.
http://estepais.com/site/?p=34744

De cómo conocí “Concerning the UFO Sighting Near Highland” de Sufjan Stevens y por qué me gusta tanto*

El iPod, como toda invención humana,
tiene su origen en Lucifer.


El músico se llama Sufjan, de apellido Stevens

A finales de 2007, en el frío xalapeño de la ex unidad de Humanidades, compartíamos la soledad de la explanada António Nogueira y yo. No diré que me dolía una mujer. Eso, comúnmente se sabe, es lugar común. Lo bello de lo triste era que con la saudade había vuelto el asombro. Alrededor, sencillamente, las cosas ocurrían. Poco después, en ese suceder del mundo, apareció Ovidio, mi amigo. Fiel a su estilo, me saludó: “¿Qué iris viejita?, vamos por un yogur”. Entonces cerré el libro y con él las ventanas de un cuarto lisboeta. Comenzó a hablar mucho, de todo: el futbol y las mujeres. Cuando me dio oportunidad le mencioné que me sentía raro, pero que leer a Pessoa me reconfortaba. Entendió que yo necesitaba hablar y me permitió proseguir. No abundé en la historia de la mujer. Ya conocíamos el final. Mejor le mostré un poema de Álvaro de Campos, “Lisbon revisited (1923)”: “Não: não quero nada. / Já disse que não quero nada”. “Pachirri, este vato es la neta”, le dije, y le conté entonces lo que del poeta-legión se dice: la muerte a temprana edad del padre, la del hermano, las segundas nupcias de la madre con el después cónsul portugués en Sudáfrica, la aparición de los primeros amigos imaginarios, el regreso a Lisboa para desde ahí conquistar la literatura y fincar una patria literaria. Le hablé del supra Camões. Luego, le leí otro verso: “Fui como ervas, e não me arrancaram”. Ovidio pareció haber entendido, pues sólo dijo: “Ídolo, por tronado”. Después me comentó que había un músico que me haría escuchar. “Se llama Sufjan, Sufjan Stevens”, e insistió en que me gustaría mucho. Argumentó que él mismo componía e interpretaba sus propios temas, para después, ayudado por alguna tecnología, armar un conjunto. Explicó parte del atractivo de la obra de Stevens en términos musicales que ni entonces ni ahora puedo entender; sin embargo, lo que sí sentí, y muy claro, fue el entusiasmo con el que me lo describía. Como remate, apuntó: “Quiere hacer un disco por cada estado de la unión americana. Pretende retomar el folklore de cada uno, hacerlo sonar”.

Yo, de corazón fácil, me enamoré de la idea.

La canción: “Concerning the ufo Sighting Near Highland”

Ovidio me había prometido una copia del Illinoise. Días después me la entregó: “Toma, para que te ayudes”, añadió luego de habérmela dado. Una vez en casa, luego de un día frío, por lo tanto hermoso de lo nítido que se sienten los huesos, tomé el cd y lo puse en el reproductor de dvd. Primero escuché un leve rechinido, enseguida acompañado por un piano. La melodía del piano se repetía cada cierto lapso. Apareció una flauta, después la voz, luego otra más, para hacer coro. La canción sólo dura dos minutos con nueve segundos. Yo hice que se prolongara por lo menos veinte. No menos de diez veces la repetí, para después, extasiado, dejar que fluyera el resto del disco. Pasadas cinco canciones, regresé a la uno. No me extraña, suelo volver para irme más lejos, como esa noche, que dormí muy tranquilo. Días más tarde, cuando vi a la mujer, le pregunté si conocía a Sufjan Stevens. Respondió que no. Ingenuo y/o estúpido, saqué el disco y se lo regalé.

Semanas después conseguí de nuevo el disco completo y metí las canciones que más me gustaron en el iPod. Cuando temprano comencé a correr, el cuerpo interno se sincronizó poco a poco con el externo. Mucho tuvo que ver Sufjan.

Todos los viernes, primero en el Teatro del Estado, en Xalapa, ahora en Liverpool 16, por las mañanas, me reúno con mis pares, melómanos todos, y dejo que la música me invada. Aunque amo el reguetón, la cumbia, el duranguense, Perotino Magnus, Guillaume de Machaut o Silvestre Revueltas, “Concerning the ufo Sighting near Highland” abre un portal entre mi soledad y otra de mis obsesiones: la música de las esferas; el constante sonido que emite el cosmos en su devenir.


*Texto publicado originalmente en la revista Este País, número 244, agosto de 2011.
http://estepais.com/site/?p=34744

jueves, 20 de octubre de 2011

Acuarelas [*]

La poesía de la Tierra siempre está viva: es admiración, perplejidad, asombro. También está en la Ciudad. Hay que reconocerla: se vuelve evidente a los ojos a cada instante. Hace unos días me senté a leer un libro en el Monumento a la Revolución mientras esperaba a una amiga. De pronto, cierta algarabía me atrajo: era un grupo de niños, varios adolescentes y algunos adultos que con auténtico júbilo disfrutaban que las fuentes danzantes los mojaran. Cerré el libro y los observé con más detalle. Tuve la misma sensación que sólo muy temprano he llegado a tener, cuando la mayoría duerme y los pájaros nutren el aire con sus trinos.  Probablemente sea por el agua, que todo lo regenera, pues en las mañanas algún trabajador riega las banquetas o las jardineras y el olor a tierra mojada ni el canto de los pájaros jamás serán los mismos el resto del día.

El metro es un verso forzado, tiene ritmo y olores propios que en nada se parecen a los trinos y la tierra mojada. Entrar por la mañana en la estación es dejar el juego infantil y tener que regresar a casa al caer la noche. Por  eso, mientras esperaba a mi amiga, fue muy grato ver que los hombres también son pájaros y por arte de agua vuelan. Reconozco que tuve ganas de mojarme y ser ave, o pez aéreo, pero no lo hice. Tampoco volví a mi lectura; aunque recordé una certeza lejana: de pequeños todos sabemos que podemos volar.

Mañana no llevaré el libro. Probaré suerte con mis alas.


[*] Texto presentado en la tercera entrega de la serie "A renglón sonido" de Radio UNAM. http://www.radiounam.unam.mx/